jueves, 13 de mayo de 2010

En un instante - Diciembre 2005

Luis estaba ahí sentado, sin levantar la mirada. Una lágrima le resbaló por la mejilla, pero siguió inmóvil, con la mirada fija en el suelo. Tenía la cabeza agachada y su respiración era pausada. Los brazos estaban apoyados en las piernas, con las manos entrelazadas como si fuera a rezar un rosario. No hacía más que darle vueltas a la cabeza, no paraba de pensar. ¿Por qué ese día? ¿Por qué en ese momento de sus vidas? Otra lágrima le resbaló por la otra mejilla. Por primera vez lloraba sin pensar en el qué dirán. Le daba igual si le veían o no, esa no era su máxima preocupación en ese instante. Cada vez que cerraba los ojos la veía, sentada en el parque con sus amigas, riéndose y sin preocuparse por nada. Llevaba una cinta de tela roja. Le iba bien con el pantalón deportivo rojo con una raya blanca en el lateral, la sudadera blanca con letras rojas y unas deportivas blancas. Llevaba puestos unos pendientes de aro grandes de plata y muchas pulseras, regalos de amigas y amigos algunos ya desaparecidos, otros lejos pero dentro de su corazón, otros de su barrio, de su instituto, de su grupo... Era una chica muy simpática, social, agradable, y muy guapa. Cuando la vio creyó ver un ángel. Tenía el pelo negro y los ojos verdes. Su sonrisa irradiaba una luz inmensa y su mirada lo decía todo sin necesidad de ninguna palabra. Era una chica muy alegre, divertida y risueña. Siempre ayudaba a los demás, hacía deporte, no fumaba ni bebía, tal vez una copa de vez en cuando... Era todo dulzura. Incluso en estos momentos conservaba su cara angelical...

Siguió recordando mientras, inevitablemente, de sus ojos brotaban lágrimas sin cesar. Recordaba el olor de su pelo, la suavidad de su piel, su melodiosa voz. Recordaba la primera vez que hablaron, el momento en que un amigo en común les presentó y él sintió de repente como un pinchazo dentro de su corazón. Se había enamorado, lo sabía. Estaba convencido al cien por cien. Era perfecta. Por fin un día se decidió a pedirle una cita, y quedaron para ir a dar una vuelta. Fueron a un gran centro comercial y allí estuvieron toda la tarde: jugaron a los bolos, gastaron bromas, se rieron a más no poder... Fue una tarde estupenda. Y al final, cuando él la acompañó a casa, ella le besó. Fue un beso como en las películas: lento, suave, dulce... De los que no se olvidan nunca. Entonces, ella sonrió y sin decir nada se fue. Quedaron más días y, comprendiendo que se había enamorado perdidamente de ella y que ella sentía algo por él en la forma de mirarle, en el beso, en el cruce de miradas... él decidió pedirle salir. Ella no dijo nada, simplemente le miró, pero eso fue más que suficiente para saber que estaban hechos el uno para el otro. Llevaban ya tres años maravillosos. Ese día era Nochevieja, una noche que debía ser mágica... En ese momento alguien habló, haciendo que Luis regresara de sus pensamientos. Era una mujer que hablaba con una de las enfermeras. Luis no prestó atención. Se miró la camisa. Estaba llena de manchas. No le importaba.
Durante un momento cerró los ojos y volvió a verlo todo. El coche, la carretera, otro automóvil de frente... y de repente no vio nada. Le volvió la imagen de cuando abrió los ojos de nuevo y vio allí a Elisa, su niña, su princesa. Estaba tumbada, inmóvil, con un charco de sangre a su alrededor. Se dio cuenta que tenía una herida profunda en el pecho así que, cogiendo su chaqueta y demás ropa que encontró, empezó a taponarle la herida y se dio cuenta que había alguien más. Era el otro conductor, justo el que chocó con ellos. La mitad de su cuerpo estaba fuera. Se había salido por la luna delantera. No sabía qué hacer, así que, mientras taponaba llamó al 112 y enseguida vino una ambulancia. Mientras iban en ella, Elisa, apenas sin aliento, pronunció dos palabras que jamás olvidará... TE QUIERO, y se desavaneció.
De repente abrió los ojos y el médico que les atendía le dijo:
- Lo siento, ella acaba de morir. El conductor del otro coche iba borracho y perdió el control. Murió en el acto. No hemos podido hacer nada por ella. La herida era muy profunda y grave y ha perdido mucha sangre. Lo siento, de verdad - y se fue.
Luis no supo cómo reaccionar. Cogió su chaqueta, se despidió de ella y se fue. A la mañana siguiente se lo encontraron en el mismo parque donde la conoció, donde se enamoró de ella perdidamente. Allí estaba, tumbado en el mismo banco donde la vio. Su corazón dejó de funcionar, se fue con ella. Había muerto de pena.

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