viernes, 29 de julio de 2011

1.

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en lo que os rodea? Quiero decir, en lo que os rodea pero que no os incumbe. Yo sí, especialmente cuando voy en el metro. Me gusta observar a la gente, sus ropas, sus rasgos, sus gestos… Me gusta pensar a qué pueden dedicarse, o cómo se sienten hoy. Me gusta ver qué hay a mi alrededor.


El otro día me puse a pensar. Llevo varios días pensativa. No sé porqué será, pero así estoy. Y pensé algo que pocas veces pienso. Normalmente soy bastante optimista, pero aquella tarde no fue así. Iba en el metro sentada, con música variada taladrándome el oído y la mente para no pensar, aunque era inevitable, y enfrente mía se sentó una mujer joven, de unos 30 años, y su pareja, con una niña en brazos. Miré a la niña. Se había quedado completamente dormida mientras mamaba. Y la escena me enterneció. Pensé cómo se debía sentir la niña, tan a salvo en los brazos de su madre. ¡Qué suerte ser niña! Sin preocupaciones, ni presiones ni nada por estilo. Pero entonces me di cuenta de lo injusta que había vuelto a ser la vida. Esa niña iba con audífonos en ambos oídos. Tan pequeña y ya tan frágil. Qué injusto. Alcé la vista para intentar quitarme esos pensamientos. Miré a mi alrededor. Gente joven, estudiantes, trabajadores… Y lo vi. Un hombre ciego con su perro guía acababa de entrar al vagón. Otra vez. Qué injusta es la vida. Y volví a pensar. Y los ojos se me humedecieron. Quería llorar. Quería llorar desesperadamente. Y seguí pensando. Qué injusta es la vida. Siempre las peores cosas les ocurren a las mejores personas. Y me acordé de unos familiares. La vida ha sido muy injusta con ellos. Él lleva un par de meses en el hospital, no se vale por sí mismo, necesita una residencia, pero no la pueden costear. Y ella aún no se ha hecho a la idea de lo que tiene encima. Qué injusta es la vida. Toda su vida trabajando, siendo buenas personas, para que al final llegues a eso. Y seguí pensando. No quería, en serio, pero no podía evitarlo. Echaba de menos mis gafas de sol porque así al menos la gente no me vería los ojos. Dicen que los ojos son el espejo del alma, y en ese momento mi alma estaba prácticamente rota. Seguía dándole vueltas a la cabeza. Qué injusta es la vida. El jefe de mi madre se está muriendo. Le queda muy poco de vida. Tiene cáncer. Pobre familia. La mujer es la que más está sufriendo. Hace un año y pico se le murió un hijo de algo del corazón y no ha logrado salir de esa tristeza. Ahora se le suma lo de su marido. Qué injusta es la vida. Son muy buena gente, y les ocurre lo peor que les puede pasar. Se portan de una manera excepcional con mi madre. Tienen tantos detalles agradables con ella… La quieren muchísimo. Pero se ve que eso da igual. La vida te sigue dando hostias.

Me han hablado del “karma”, que existe, que todo lo que hagas bueno lo recibirás bueno, y lo que hagas malo lo recibirás malo… Quiero creer que eso es cierto, pero no puedo. No cuando hay tantas evidencias de que eso no es así. De hecho, tengo mi propia teoría: cuanto más bueno eres, más palos te llevas. Está comprobado. Lo he comprobado incluso en mi propia piel. Así que a mí que no me intenten engañar. El Karma es otro invento del hombre.

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